«Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa. Un rostro que sufre tan cerca de las piedras es ya él mismo piedra. Veo a ese hombre volver a bajar con paso lento pero igual hacia el tormento cuyo fin no conocerá jamás.»
Albert Camus, 1942
Los recuerdos automáticos son aquellos que se nos presentan de forma involuntaria frente a situaciones vinculadas con dichos recuerdos. Generalmente, están presentes en la experiencia postraumática formando parte del conjunto de síntomas de reexperimentación.
El impacto de los eventos en nuestra experiencia está mediado por diversos factores: como nuestra historia, nuestro estado emocional antes, durante e inmediatamente después de lo ocurrido, características del evento, contexto en el que éste se da y recursos de afrontamiento disponibles.
En las investigaciones sobre trauma, estos recuerdos automáticos se han estudiado como parte de la reexperimentación de situaciones emocionalmente desbordantes de nuestras posibilidades de afrontamiento. Ya desde los inicios de la psicología con Janet y Freud, se visualizaban los recuerdos automáticos con un carácter vívido, como si la situación recordada estuviera ocurriendo en el presente. De forma tal, que las reacciones al recordar, eran muy semejantes a las del momento de darse los eventos.
La reexperimentación, vía recuerdos automáticos, es como un ancla en el lecho marino mientras vientos tormentosos sacuden el barco. En estas condiciones, nos es imposible navegar, continuar nuestra ruta. Esta situación es muy semejante a la experimentada por personas aquejadas por recuerdos automáticos, una imposibilidad de continuar el curso de sus vidas, por un anclaje en su pasado.
Podemos preguntarnos si estos recuerdos automáticos están presentes ante situaciones agradables. Ante lo cual, puedo responder que ciertamente es el caso. Esos buenos recuerdos que se agolpan en nuestra mente, no son siempre llamados por nosotros, aunque son muy bien recibidos desde la nostalgia, esa mezcla de tristeza y alegría que nos hace añorar momentos invaluables. Buscamos acercarnos a estas experiencias y cuando recordamos de manera automática, no sentimos una invasión en nuestra mente. Por el contrario, es un viaje que nos agrada volver a recorrer, sea de manera voluntaria o no. Pero, también se nos vienen encima terribles recuerdos, sin poder ponerles coto. Son huellas que queremos dejar atrás, olvidar y hacer las veces como si no hubiesen sucedido. El carácter inevitable de estos recuerdos puede resultar terrible y atormentante. Pueden impedirnos situarnos en nuestro presente y que nos orientemos hacia el futuro.
¿Qué le imprime ese carácter de inevitabilidad a ciertos recuerdos? Para responder a esta pregunta le pido al lector que haga un ejercicio: trate de no pensar en esa época de su vida cuando tenía 15 años, procure evitar que venga a su mente cualquier evento de esa época. Le pido al lector que se esfuerce un poco más en sacar de su mente todo aquello que le haya sucedido a sus 15 años, evite pensar en ello. Tome un minuto para hacer este ejercicio.
¿Consiguió hacerlo? Es muy probable que en lugar de evitar hacer ese viaje a sus 15 años, haya hecho precisamente todo lo contrario, tenerlo presente. De hecho, en el ejercicio en cuestión, le pido hacer algo que probablemente no estaba haciendo mientras leía estas lineas. Es un fenómeno psicológico conocido como “efecto rebote”, en el que hacemos más fuerte en nuestra mente aquellos pensamientos que nos esforzamos en evitar. Mientras más nos esforzamos en quitar estos pensamientos, más se hacen presentes.
Es una paradoja a la que nos enfrentamos cuando queremos dejar atrás tormentosos recuerdos. La intensidad de la experiencia vivida, nos imprime huellas que parecen indelebles y autónomas en nuestra conciencia. Para aquellas personas aquejadas por síntomas postraumáticos, es precisamente la continua reexperimentación lo característico de su experiencia. Le acompañan síntomas de evitación de todo aquello asociado con esta vivencia. Precisamente este grupo de síntomas de evitación, son los generadores del efecto rebote antes mencionado.
Pareciera que en aquellas personas con vivencias traumáticas que vienen una y otra vez a su presente, la intensidad de la experiencia estuviese grabada de manera sensorial. De forma tal, que las reacciones ante los recuerdos automáticos terminan siendo muy semejantes a las que se dieron al momento de experimentar la amenaza. Para estas personas, no ha habido espacio hacia una elaboración que podríamos llamar de segundo orden, en la que la vivencia se incorpora a la propia historia personal.
Tenemos entonces, la intensidad de la experiencia grabada como en piedra, reexperimentada una y otra vez. Como en el mito de Sísifo (Camus, 1942/1951), condenado a llevar sobre una cuesta, una roca pesada hasta el final para una vez allí, vuelta a empezar de manera interminable.
Parecieran existir condiciones de vulnerabilidad, como por ejemplo: las características de los eventos. Respecto a éstos, tienen un papel preponderante en el carácter traumático de la experiencia, donde factores como la intensidad, frecuencia y duración, están relacionados directamente con la posibilidad de generar una alta afectación. Además, cuando los eventos son generados por otras personas, resultan más impactantes emocionalmente, en comparación con fenómenos naturales o accidentales. En aquellas condiciones, hay perdida de confianza básica en la humanidad, más aún cuando la o las personas victimarias, tienen una relación cercana con la víctima.
Otras condiciones de vulnerabilidad están relacionadas con la propia persona que experimenta la vivencia traumática. Una historia cargada de situaciones traumáticas puede, para algunas personas, generar una mayor susceptibilidad a nuevos eventos. Pero lo contrario también es cierto, la extrema protección a dificultades, no brinda la necesidad de desarrollar destrezas para su manejo. Conceptos como el de resiliencia y más recientemente antifragilidad (Taleb, 2013) surgen como forma de enmarcar esta situación. En el caso de resiliencia, estamos hablando del grado de fortaleza frente a las situaciones potencialmente traumáticas, de forma tal, que podamos continuar con nuestra vida sin quedar atados a un pasado tormentoso. La antifragilidad, por otro lado, se refiere a la posibilidad de transcender los eventos en una senda de crecimiento postraumático, en el que el tormento sirve como estímulo de un desarrollo personal, que de otra manera no se daría.
¿Es posible controlar estos recuerdos automáticos? El carácter involuntario de estos recuerdos es parte de sus características. Sin embargo, el ubicarnos en nuestro presente, muchas veces con la ayuda necesaria de otros, nos hace cobrar consciencia de lo lejano en el tiempo de su ocurrencia. Para muchos, este centrarse en el presente es sinónimo de salud mental, en la medida en que también nos permite orientarnos hacia un futuro promisorio.
De allí que la posibilidad de evocar estos recuerdos de forma voluntaria sea el fin último de eso que podemos llamar “trascender la experiencia”. Una manera de incorporar a nuestra historia toda la trama de vida que hemos experimentado, con sus sabores y sinsabores, yendo hacia un camino de elaboración secundaria, que nos permita ser resilientes ante la adversidad, e incluso crecer gracias a ella.
REFERENCIAS
Camus, Albert (1942/1951). El mito de Sísifo. Alianza Editorial, Madrid.
Taleb, Nassim (2013). Antifrágil: las cosas que se benefician del desorden. Paidós.

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