Suceden las cosas de forma abrupta. Nos gusta pensar que el discurrir de las ideas y de los sucesos en la vida es coherente y ordenada. Parecen más una sucesión de incidentes inconexos, a los que queremos ver con un cierto orden. Solo la pausa nos permite ver lo inconexo de la realidad. Solo el drama propio de la vida nos llama a lo interno, nos reclama el alma.
La pesadumbre del dolor y la oscuridad nos hacen participes de lo absurdo de la vida, de esos incidentes que nos hacen dar saltos y traspiés. La dirección que creemos seguir, de pronto se trunca. Se dejan caminos tan rápido que pareciera como si nunca los hemos transitado. Los detalles nos llevan de nuevo por esas andanzas, con destellos de luminosidad que nos hacen olvidar la pesadumbre de los incidentes inconexos. Por momentos todo es luz, los mejores momentos trascurren ante nuestros ojos sin siquiera percatarnos de ellos, porque nos distrae la espera de mejores tiempos.
Cuando los pasos nos alcanzan, ya resulta inevitable ver atrás a esos incidentes inconexos tan llenos de significado. Se diluyen como arena de mar antes de que podamos fijarlos de manera univoca. Y quedamos así, petrificados ante nuestro propio drama. Ante una historia de vida que buscamos hilar a través de incidentes inconexos, tan solo aquellos que nos acercan más a esa idea de quiénes somos, de quiénes queremos ser.
Un tránsito de vida que esperamos sea placentero, que nos permita ser testigos de buenos incidentes, que a nuestro alrededor aquellos con quienes hacemos vida tengan un andar con tropiezos salvables cuando no evitables.
Deseos y esfuerzos que nos permiten conectar incidentes, hacer que sucedan siquiera lo más cercano a cómo queremos que sean. Hay fuerzas superiores que pueden jugar en contra, no son del más allá ni de la vida eterna, son de nuestro aquí y ahora, tan tangibles como pueden ser otras mentes también hambrientas de deseos y con esfuerzos en dirección contraria a los nuestros.
El final es abrupto, aún queriendo que sea sostenido y lento. Detener el tiempo llenando nuestro pecho de gratos incidentes a modo de película que transcurre ante nosotros. Unos instantes que representan a la vida entera. La antesala a un final inevitable que tocará la puerta sin anuncios. Servirá como descanso del hundimiento o como dislocación de una realidad apetecible. Sin saber que suceden en otras mentes, la nuestra se apagará sin remedio. Quedarán rastros como estos, no en los recuerdos que al fin de cuenta los envolvemos a nuestro modo.
Vivir para morir, ojalá que ambas sean de bien.
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