Por estos tiempos asistimos a otro episodio de hipersensibilidad a la crítica o a cualquier señalamiento que se le parezca, por parte de líderes políticos. En Bolivia una ley que prohibe el insulto al mandatario de turno; en Gran Bretaña una ley, ya de hace unos años, que prohibe el insulto. El primero en época de ensayo socialista latinoamericano y en Gran Bretaña, ejemplo de liberalismo como pensamiento político, con una ley que no le hace honor al pensamiento liberal.
¿Por qué el insulto, algo que puede entenderse como irrespetuoso y alejado de argumentaciones sólidas, es una forma de crítica? El detalle está en la discrecionalidad del calificativo de insulto, dejando un amplio margen a los funcionarios en la aplicación de estas leyes. De este modo, un cuestionamiento a alguna acción política puede ser calificado como insulto, la disidencia es señalada como irrespetuosa y merecedora de la aplicación de estas leyes.
La crítica es una amenaza a las posiciones de poder y al pretender atajar insultos, algo comprensible para mantener argumentaciones sólidas, también se erigen murallas a la crítica que podría favorecer e enriquecer el quehacer político.
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